Un buen amigo me encomendó la difícil tarea de hacer, si es que eso es posible, una crítica al siglo de oro de la literatura española. Puesto que la densidad de su literatura y la cantidad de exponentes que esta época tuvo, para construir esta crítica seguiremos un método ciceroniano, ya que, a mi parecer, es la mejor manera de construir un argumento que pueda llegar a constituir algún tipo de crítica.
Los siglos de oro de la literatura española se comprenden entre el siglo XVI y XVII, no solo coincidiendo con una época de esplendor imperial, sino también sus literatos viven la transición del ideal renacentista con el desencanto existencial característico del barroco. Este hecho, aunque pueda parecernos obvio, constituye la principal virtud en la que se encuadra la literatura española. Siendo tal la diferencia entre sus exponentes que este vergel de estilos y diferencias temáticas en sí forman una extensa y trazable línea de su evolución y, para entenderlo, repasaremos algunas de las obras así como los estilos de los siguientes Maestros: Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y sor Juana Inés de la Cruz.
En primer lugar, es imposible no destacar que con el Don Quijote de la Mancha, de la mano del ingenio de Cervantes, nació el concepto de novela moderna. En efecto, no solo se inicia una nueva forma de escribir, si no que también propone un conflicto entre el idealismo de un individuo y la realidad material a la que se enfrenta. A lo largo de todas las aventuras de Alonso Quijano y su fiel escudero Sancho, podemos observar la dualidad entre la dignidad de las personas frente a un mundo sátiro que ha perdido toda clase de heroísmo. Pero, según Unamuno, la ironía cervantina humaniza el ideal, diciendo así que “Cervantes mató a Don Quijote, pero dejó en pie su espíritu”. Este espíritu es el delirante ideal que todos en nuestra vida tenemos para combatir el desencanto al que la vida nos tiene acostumbrados. En el fondo todos llevamos a un Quijote y a un Sancho a nuestro lado, pues sin ellos, no encontraríamos las ironías de la vida. Dicho esto y frente al idealismo cervantino tenemos a Francisco de Quevedo, el cual nos ofrecería tanto en su prosa como en su poesía una visión crítica de la hipocresía de los valores renacentistas llamando incluso al conocimiento como el dolor de la lucidez. Su obra caracterizada por el conceptismo y la economía verbal, nos enseña una prosa fluida, satírica así como reflexiva con la vida. Nos revela una visión pesimista sobre la condición humana, reduciendo casi su existencia a la fugacidad de la muerte.
Como podemos observar con este pequeño análisis sobre estos dos autores, ya tenemos no solo formas contrapuestas de entender la realidad del mundo, sino que también encontramos estilos literarios diferentes. Mientras Cervantes se servía de un exclusivo y audaz uso de la lengua para crear, describir e ironizar situaciones, en Quevedo obtenemos casi el mismo resultado, pero a través de la animalización, la cosificación u otros recursos literarios haciendo que nos imaginemos el hecho sin la necesidad de descripciones extensas. Dicho lo cual, seguiremos con los dos Maestros restantes antes de proceder a la refutatio.
En el caso de Calderón de la Barca encontramos otro paradigma distinto a los nombrados anteriormente, puesto que en su obra “La vida es sueño” se nos presenta la libertad como destino. En esta obra, de carácter puramente metafísico. se nos presenta un debate sobre la naturaleza humana y el determinismo divino. Para Calderón, la realidad se confunde con una ficción soñada, con una ilusión extraña que culmina con la muerte, la tensión entre un destino escrito y el libre albedrío es palpable en su teatro haciendo de la vida algo incomprensible, pero real e irreal al mismo tiempo. Todos estos factores aluden a pensar que su teatro intenta reencontrarse con valores ya perdidos, como la conciliación entre razón y fe, la discusión entre libertad y obediencia, la diferencia entre sueño y verdad. Siendo este el principal tópico del dramaturgo volvemos a encontrar un cambio de estilo, un cambio de visión y una interpretación distinta sobre la vida, cosa en la que Sor Inés de la Cruz no es excepción, pues , su obra representa la culminación del barroco hispánico y la primera gran afirmación del pensamiento femenino en América.
En su poema Primero sueño, Sor Juana aborda la búsqueda del conocimiento como empresa espiritual y racional, anticipando una visión protoilustrada del saber. En Hombres necios que acusáis, denuncia la desigualdad de género con una ironía que recuerda la agudeza quevediana. Este poema no solo destaca por su satíricos versos, si no también por el hecho de que invierte el papel de la tentación históricamente atribuido a la mujer por el mito del pecado original, pero, por si no es suficiente, atribuye una causa natural y humana a la tentación entre hombres y mujeres, dando una enseñanza universal sobre la misma naturaleza de ambos.
Podemos concluir, una vez terminado el distendido análisis, que a lo largo de los siglos de oro de la literatura española hemos encontrado varios tipos de voces que han interpretado la sociedad de su momento, que han intentado transgredir los valores que socialmente se aceptaban, también reflejan su sociedad e incluso se atreven a contradecir sus valores, en efecto la única crítica que pudiera hacerse a estos literatos o al conjunto de obras que constituyen el siglo de oro solo podrían venir de manos de un noble o un clérigo y como no soy ninguno de ambos mi conclusión es la siguiente.
El siglo de oro de la literatura española es una época de producción, de una calidad literaria sin igual en la historia de este país donde sus exponentes no solo son críticos con la sociedad de su momento, si no que también reflexionan en sus obras sobre cuestiones filosóficas como la razón, la libertad, el idealismo, la obediencia, la fe y el destino, todo ello sumado a una forma de hacer poesía y prosa que no se había dado hasta el momento. En definitiva, la única crítica posible es que el siglo de oro es incriticable, puesto que fueron ellos quienes criticaron.



